Retador, algo peligroso, pero altamente recomendado.
No estoy totalmente de acuerdo con las conclusiones de Pearce, pero definitivamente tiene puntos muy válidos sobre algunos malentendidos comunes (como el mito de los hábitats o sitios “pristinos”), y trae a la mesa temas que deberíamos de re-evaluar constantemente. Aún así lo sentí bastante más sesgado hacia algo que aún no me convence. Lo cierto es: no hay dos casos iguales cuando hablamos de especies invasoras, y cada uno requiere sus matices.
Me gusta cómo el libro nos reta a pensar afuera de lo que habitualmente escuchamos cuando hablamos de especies invasoras, como que hay “especies malas” (no es así; los humanos las usamos inadecuadamente, que es otra cosa), pero también siento que ha deliberadamente (o quizá accidentalmente) dejado conceptos importantes completamente fuera. Pero sí recomiendo leerlo, pero no tomarlo como una receta de lo que deberíamos hacer—quizá es mi propia mala interpretación, pero por ratos sentía que ese era el objetivo del autor. Hasta donde comprendí, tampoco es que el autor esté proponiendo introducciones deliberadas de especies no nativas, sino el dejar de invertir tanto en la erradicación de especies introducidas accidentalmente (donde creo yo que hay alto riesgo de aprovecharse de ese argumento), o al menos de dejar de invertir en erradicar aquellas que están expandiendo sus rangos “naturales”. Es una muy buena discusión, eso sí, pero creo que pudo haber tenido más precaución antes de dar la impresión de que este no es un gran problema, y mi problema personal con ese ángulo es el darle rienda suelta a quien quiera hacer introducciones deliberadas.
También rescato del libro la manera en la que comparte cómo el pensamiento ecológico (no ecologista) ha cambiado a través del tiempo, y cómo ahora comprendemos mejor que nunca que no existe tal cosa como el “balance natural” ni los lugares “pristinos”. Y aunque uno de los temas del libro es el que “a los humanos no nos gusta naturalmente el cambio”, y es cierto, tampoco debería eso ser una excusa para ignorar estos temas. Hay formas de agarrarle el gusto o tomar acción enfocándonos en el objetivo a largo plazo. Quizá no nos guste el cambio, pero después de todo sí somos seres capaces de aprender y practicar ser más intencionales.
Un par de quejas adicionales sobre el tema de las especies invasoras:
En biología y ecología, no es secreto que hay especies exóticas que no son dañinas. Pero las que llamamos invasoras (es decir, las especies exóticas que sí provocan daños económicos, ecológicos, y/o humanos) que se han estudiado hasta el momento han tenido un impacto en la vida de las personas a nivel local de tal manera que me parece algo irrespetuoso decir que “está bien porque es la naturaleza”. En realidad, hemos creado los espacios y las condiciones para que estas invasiones se lleven a cabo. Es aún peor cuando estas invasiones han sido a propósito y/o de otras formas evitables.
Cuando pensamos en todas las especies exóticas e invasoras a nivel mundial, parece fácil el seleccionar minuciosamente aquellas que apoyen las ideas que plantea en este libro para dar una imagen de que “realmente no son tan malas”. Pearce cubre casi sólo aquellas especies con las que hemos aprendido a vivir (invasiones de hace mucho tiempo) y aquellas a las que hemos aprendido a utilizar de maneras provechosas (como el jacinto de agua), e incluso exóticas que no tienen record de haber provocado algún daño.
A menudo me daba el sentimiento de que Pearce mantiene una idea anticuada de lo que es la biología de la conservación, aquella que no tomaba en cuenta los modos de vida y subsistencia de los seres humanos (contrario a la conservación moderna, la cual se preocupa más de la salud ecosistémica que además pueda apoyar los modos de vida humanos de manera sostenible para las generaciones futuras). Con tood y todo, creo que muestra una visión muy limitada de “poblaciones humanas”, quizá puntos de vista muy blancos, e ignora distintos tipos de relaciones con la naturaleza que diferentes culturas alrededor del mundo tienen. Quizá parte de esto esté afuera del objetivo del libro, pero si vas a pasar más de 200 páginas hablando de cómo los humanos deberíamos dejar a las especies invasoras “triunfar”, el uso que le damos a la tierra sí que debería de importar en este tema.
La restauración ecológica ya no es—y no lo ha sido por bastante tiempo—sobre regresar a la forma en la que algo era antes, como Pearce dice (por ratos). Sin embargo, es cierto que la restauración ecológica es cara, en especial si le agregamos el costo adicional de erradicar o controlar especies invasoras. Estoy de acuerdo con Pearce—y ecólogos de la restauración—en que la restauración y el “rewilding” no es sobre restaurar algo a cómo solía ser hace X años. La inversión en remover especies invasoras debería ser un análisis caso por caso, pero la idea de permitir introducciones sí me sigue pareciendo peligrosa. Creo que aún hay demasiado riesgo y aspectos impredecibles, y siento que este libro da un sentimiento de “confort” en “hacer nada al respecto” que puede llevarnos a más introducciones deliberadas.
Sin embargo, sigo algo cofundida, pues las primeras 249 páginas parece haber sido más “promoción” a las especies invasoras, pero el último párrafo dice algo que a lude a “dejar a la naturaleza ser”. Estoy relativamente de acuerdo en que “no hay ningún punto en discutir qué es natural y qué es novedoso”, pero sí creo importante tomárnoslo con pinzas cuando las especies deliberadamente introducidas pueden poner en riesgo los modos de subsistencia y ecosistemas locales.
Entre cuento y cuento, sí que recomiendo este libro.
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